Vulcano Ultra Trail

Diciembre - Petrohue, Lago Todos Los Santos, Chile

Vulcano Ultra Trail VUT

Relato VUT #18 por Felipe Duarte

Un año atrás me arrastraba 20 metros sobre el pavimento chocando contra una barrera de contención donde mi tibia y peroné derechos se partieron en dos. El accidente había sido muy grave, Jorge, Cristian y Juan no habían resistido el golpe del automóvil y dejaban este mundo en una noche que marcaría la historia del running en Chile.

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Así se inició un año donde las idas al centros de rehabilitación se hicieron pan de cada día. Sentirte en el fondo de un pozo es un buen comienzo porque al menos sabes donde estás, sabes dónde estás pisando y que la única salida que tienes es hacia arriba, hacia la luz, hacia la libertad. El camino no fue para nada de fácil, pero todo el sacrificio al que se debe estar dispuesto a pasar, es recompensado cuando te enfrentas a carreras tan hermosas y exigentes como Vulcano Ultra Trail.

 Siento que VUT no la empecé a correr el 07 de diciembre a las 09:30 horas, sino que desde el mismo día del accidente. Aquel día, cuando desperté sabía que me tenía que preparar para algo grande, para algo increíble, algo que sólo encontraría en las faldas del Osorno un año después.

Aquella mañana nos levantamos con Mario a eso de las 03AM en la casa de Diego, kinesiólogo de KMP, que tanto nos han ayudado. Él estaba ansioso, parametado con tanta belleza en los paisajes y el aire fresco y revitalizante de la zona. Un trote el día anterior ya nos anticipaba buen clima y alta temperatura.

Apenas salieron los de 60K, me encerré en la camioneta en búsqueda de que esos momentos especiales llenaran mi corazón y mi cabeza de fortaleza e ilusión. Endurance 21K y Puchuncaví 39K habían calmado mi nerviosismo por volver a competir. En VUT tenía que volar, ese era el objetivo.

15 minutos antes de largar, Mario pasa 4to en los 60K, conversaciones previas habían seteado el objetivo de hacer una buena carrera, con calma y con mucha hambre de triunfo. Busco motivaciones en mi cabeza para alentarlo y lo único que llega es la familia; “Vamos Mario, por el Cleme, Laura y Martín, corre, vuela!!”

Parto. 3 primeros kms con típicas sensaciones de incomodidad al empezar toda carrera. Rápidamente adapto el paso a la complicada arena volcánica y al musgo que te hacía pensar más de una vez donde colocar el siguiente paso. 40 minutos y a mi derecha escucho a alguien pedir agua. Mario había sentido el calor de la mañana y unos errores en el PAS anterior, le habían pasado la cuenta. 

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Somos un equipo, él es mi amigo, mi compadre. El 17 de marzo habíamos organizado juntos “Corramos por Clemente”, una hermosa carrera donde se vivió un tremendo ambiente familiar. No lo podía dejar solo, compartí mi agua y así como en muchos entrenamientos, le devolví la mano motivándolo, quedándome detrás de él y empujándolo hacia lo que sería la parte más dura de la carrera. Tomé su mochila y tras 25-30 minutos, aprovechando las pozas de agua (casi congelada) que se formaban en los recovecos de la lengua de fuego, Mario logró salir de ese estado, y empieza a acelerar. Le devuelvo sus cosas, y salimos.1, 2, subo, 1, 2, subo... 2K en 36 minutos... llego a la piedra Vulcano, el punto más alto de mis 33K. Me detengo 2 segundos mirando el paraíso. El lago Todos los Santos reflejaba los majestuosos volcanes Puntiagudo y Calbuco, y yo perdía la respiración al sentirme tan agradecido de estar allí después de todo lo sucedido.

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Imagínense estar en cualquier parque de diversiones, quizás de esos antiguos. Están parados en lo más alto del tobogán, pero al mirar hacia abajo sólo ven arena volcánica lista y dispuesta a recibir sus pasos. Así vislumbré los próximos kilómetros, donde habré caído unas 5 veces dejándome más de una marca en las piernas y manos. Llevaba 2h30m corriendo al llegar al siguiente PAS, naranja, plátano, jugo y agua... sigo. Marcelo Rosales sería durante los próximos kilómetros mi objetivo, ahí a 10-20 metros delante mío. “No lo dejes, que no se te pierda de vista, mantente con él” me alentaba para mantener un tremendo paso corriendo junto al río Petrohué. Un río de aguas diáfanas, como reflejando el cielo azul del paraíso.

Entre ramas, troncos, pozas, musgo y todo lo que la naturaleza te pueda regalar, escucho a unos metros detrás... “¿Qué pasa Duarte?”.... Increíble, como revivido de las cenizas, como si el volcán le hubiese dado una segunda oportunidad y hubiese renacido para volver a correr. Volvíamos a compartir la ruta con Mario ya casi llegando al PAS Solitario. Sabía que me quedaban unos 15K y cobardemente quise guardarme. ¿Por qué? ¿Qué hace que tenga ese miedo por enfrentar los últimos kilómetros? Creo que mientras más experiencia uno tiene, más miedo se experimenta, porque simplemente conozco los riesgos, he experimentado el dolor de correr quemando cada músculo de mis piernas, y eso me acobarda. Con ese pensamiento enfrento una sencilla subida de 3K que me mató, simplemente el último km lo caminé. Faltaron huevos como me dirían después. Vuelvo a la carrera, la bajada de 2K me reanima... despierto del letargo... revivo para correr los últimos 8K. Marlene pasa junto a mi al retornar al PAS Solitario como un guepardo en búsqueda de su presa, la meta. Luego de su siempre cálido saludo, me ilusiono de poder seguirle el paso, simplemente, ilusiones. Marlene desapareció luego de unos minutos de mi vista.

Sigo. Caminar no es mi estrategia. Corro, lento, pero corro.

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En mi vida he sido feliz, me he llenado de personas que me han hecho feliz, y aprendo día a día a filtrar las cosas que me atacan, buscando seguir aprendiendo. La felicidad para mi, no se percibe en el momento exacto en que logras tus objetivos, sino más bien en ese momento justo antes, en aquellos minutos previos donde te das cuenta de que lo lograrás. Es como cuando un maratonista olímpico gira su cabeza 200 metros antes de la meta, y se da cuenta de que nadie puede quitarle la medalla de oro.

Cuando preparé esta carrera, me llamó la atención que metros antes de llegar, nos harían bajar unas escaleras que te llevan directamente al hotel y eso quedó dando vueltas en mi cabeza, así que cuando delante mio, aparece un tipo de la organización que me dice... “a 30 metros están las escaleras”.... yo fui feliz, un par de lágrimas bajaron por mi rostro, las mismas que bajan al escribir estas líneas. Supe que lo había logrado, supe que sería capaz de cruzar la meta, supe que las secuelas del accidente quedaban atrás, sabía que le había ganado a dos operaciones, a 2 meses en silla de ruedas, a cientos de sesiones de kinesiología, si, cientos, le había ganado a las injusticias, le había ganado a mi propia cabeza... cruzo la meta y le agradezco a mi familia y a esos titanes que siempre acompañan desde el cielo.

Felipe Duarte E.

Corredor 33K

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