Vulcano Ultra Trail

Diciembre - Petrohue, Lago Todos Los Santos, Chile

Vulcano Ultra Trail VUT

Relato VUT #13 por Soledad Torres

Me desperté sobresaltada, mucho movimiento en tan poco espacio. El busecito se detuvo y de a poco, a medida que abría los ojos, un destello luminoso y cristalino comenzó a disipar la pereza del sueño. ¿Un cristal? ¿Un rayo de luz? ¿Un lago?

 El lago Todos los Santos, el volcán Osorno, el río Petrohué. Bien despierta, por fin, miro a mi alrededor y me encuentro en un medio que siento tan propio, rodeada de personas que deben sentir exactamente lo mismo. Asumo mi real condición: un punto diminuto en medio de la magnificencia de la naturaleza… soy feliz.

 Me acoplo a las carreras cortitas de precalentamiento, a estirar los músculos, a conectarme con el terreno. Sigo mirando a los que me acompañan en este reencuentro con la vida simple y siento un escalofrío de regocijo: no soy la única a la que podrán calificar de irracional.

 

La energía crece y el tiempo se cumple para aquello a lo que hemos venido: ¡Correr! Sin embargo, recuerdo la advertencia que por allá, lejos, como una pesadilla, me dijo un personaje vestido de blanco: “¡no corras; camina!”… Y se asomó mi carita triste. Tuve que reprogramarme… Sin darme cuenta, me encontraba encajonada, gritando con fuerza una cuenta regresiva, cual año nuevo. ¡Cero!

 Corre, salta, apúrate, adelanta, mueve los brazos (olvidé por completo la advertencia y mi reprogramación)…, pero a poco andar duele una rodilla, el consejo no fue en vano. ¡Demonios! ¡Cómo no correr, cómo no fluir con este terreno increíble, con este día maravilloso, con esta energía desbordante! Al poco andar asumo mi realidad, mejor caminar para no empeorar la lesión que se estaba recuperando, pero que por mi ansiedad podría regresar.

 Voy quedando atrás, la mayoría ha pasado por mi lado como si fuesen con el viento; escucho gritos, risas, palabras de ánimo, la mejor de las vibras. Trato de encontrar el mejor de mis ritmos (caminando) y cuando lo encuentro comienzo a relajarme y a mirar a mi alrededor. Ningún espectáculo es tan emocionante, el paisaje me traga y me voy mimetizando con el terreno y lo disfruto plenamente.

El terreno comienza a cobrar el precio que todos debemos pagar con esfuerzo. Subidas macabras hacen que me detenga de cuándo en cuándo para tomar aliento. Comienzan a aparecer caras amistosas que preguntan, como si fueran ánimas (en mi visión periférica): “¿cómo vamos?”, “… llevas unos cinco kilómetros”. Con mi mejor cara y sin que se note mi falta de aliento, contesto “gracias”, “nos vemos”. Y sigo ascendiendo. Van apareciendo más caras amigables y frescas, pero la cuenta regresiva se vuelve confusa: “… quedan 9, quedan 8, quedan 7”,  y al último que vi, después de mucho tiempo, me dice “… quedan 10”. Casi muero…

De pronto, la visión del lago me dice que he llegado al lugar más alto, el volcán es el único que me había acompañado fiel hasta ahí (¡y los tábanos!). Comienza el descenso y me dan ganas de correr, lanzarme hacia abajo, pero me contengo. El paisaje comienza a pasar un poco más rápido, me relajo y a mi mente llegan los recuerdos, mezclados con el cansancio, con las ganas de llegar y también, con cierta vergüenza por no correr y saber que voy casi de última.

Me pregunto constantemente por qué correr, por qué agotarse, por qué muchos no lo logran entender… Mi única respuesta es ¿y  por qué no? Los que no entienden no saben que es muy bueno estar con uno mismo de vez en cuando, los que no entienden no han sentido lo que es estar lejos de la pesadilla llamada ciudad, los que no entienden no saben que me canso ahora, pero gano largos año de vida sana… No me importa el cansancio, no me importa que el ácido láctico de los días posteriores a la carrera llene cada espacio de mis piernas y duela.

Caminando por la orilla del lago ya siento que se aproxima el fin de la carrera y aunque no corrí, me siento de maravilla. Han pasado casi cuatro horas, y me siento orgullosa (por haber obedecido a mi traumatólogo) y por haberme permitido vivir esta experiencia. En los últimos metros, cansada y ya en mi fase automática, con la última conexión cerebral coherente, pienso: ¿viviría esto otra vez? Estoy destrozada, la rodilla me dolió igual, pero volveré. Y ahí, en el momento en que cruzo la meta y me detengo, agradezco a VUT por permitirme concluir, una vez más, que hace falta muy poco (casi nada) para vivir con plenitud. 

SOLEDAD TORRES MELLADO

TRAIL – 15K

Competidora n° 1098

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