Vulcano Ultra Trail

Diciembre - Petrohue, Lago Todos Los Santos, Chile

Vulcano Ultra Trail VUT

10. Josefina Silva


Corro porque me parece la mejor forma de usar mi cabeza y a la vez mi cuerpo. Corro porque desde que lo descubrí  se ha vuelto adictivo. Corro porque, como escribí hace un tiempo, necesito el estado mental en blanco que solo he encontrado moviendo los pies a un mismo ritmo, repetidamente, casi como un mantra. Corro también para estar en forma. Me gusta sentirme ágil y que mi cuerpo sea una máquina eficiente. Corro porque necesito esa descarga de energía, que a veces es buena y otras es mala, pero la boto y ahí queda. Corro porque siempre me cuesta, porque siempre es un desafío; me cuesta levantarme a las 5, me cuesta salir con frio, me cuesta salir de noche y me cuesta encontrar mi ritmo, pero parece que me gusta que me cueste. Corro porque siempre quiero llegar a ese estado sublime en que el ritmo se hace natural, y en que uno corre sencillamente porque ya no puede hacer otra cosa. Hace un buen tiempo me propuse no parar nunca al correr: mientras mas dura la subida, menos posibilidad de caminar. Fue un reto y a la vez una necesidad, porque me di cuenta que mi cuerpo no reaccionaba bien con paradas sino con un ritmo continuo. Y es así como en subidas me adueñé del famoso “trote nortino”, ese pasito corto y como bailado, que un amigo me sugirió una vez ante mi nula habilidad para subir. Y funciona. No lo he dejado más. Trote nortino me acompaña en mis peores momentos de subida y falsos planos, sin dejarme parar y ayudándome a encontrar mi ritmo. Es ya mi amigo, uno de los tantos personajes imaginarios que me acompaña en las carreras. Porque hablar sola al correr es normal no? O seré la única loca que lo hace?  Quizás sí, pero la verdad no me importa. Para mi es parte de esa “intimidad” que pasa al correr en el cerro; ese largo, silencioso y fascinante camino de soledad acompañada. Ese viaje fantástico pero a la vez incierto que es la carrera, se me  hace mucho más llevadero cuando converso conmigo misma. Incluso, puedo decir, que lo paso bien en esas conversas.  Mi otra yo me da ánimo y fuerzas cuando faltan, se admira conmigo del paisaje; intenta –infructuosamente- ponerme alerta para no caer; me ayuda a superar el dolor, y hasta llora y ríe conmigo. Juntas, llegamos a la meta. Pero apago el reloj, y hasta ahí llega todo. Es en ese momento cuando nos separamos. Más bien, cuando yo la abandono. La dejo ahí porque ya está, hasta ahí llegamos. Fue muy intenso lo vivido, y con una mezcla de pudor y cansancio, no quiero verla por un rato. Y como si nada hubiera pasado, nos separamos, cada una por su lado. Cuando empiezo a echarla de menos, sé que tengo que volver al cerro. Una nueva línea de partida, los nervios, y nos encontramos. Y volvemos a la copucha –quien sabe de qué-, al paso nortino y al silencio acompañado. Por eso corro.

M. Josefina Silva S.